Ver (y compartir)

 

¿Qué impulsa a alguien a hacer una foto? Probablemente ha visto algo que le llama la atención, algo que desea inmortalizar. Un instante que han visto fugazmente sus ojos pero que le han llamado la atención. Sin embargo, en un mundo post fotográfico, más importante aún que el hecho de hacer una foto es el hecho de querer compartirla, de difundirla. En definitiva, de que esa imagen captada por sus ojos se transforme en comunicación social.

Esto es posible hoy gracias a los smartphones, pequeños ordenadores que, entre otras muchas funciones, permiten también hacer fotos con una calidad asombrosa en cualquier lugar en el que estemos.Si hubiéramos comentado esta posibilidad a las anteriores generaciones, que cargaban con una cámara fotográfica y sus farragosos carretes, cautelosos a la hora de sacar estas instantáneas porque se limitaban a 24 ó 36 fotos de capacidad. probablemente no nos hubieran creído.

Por eso impresiona saber el volumen actual de fotos: cada día se suben a Instagram unos 100 millones de imágenes. Parpadeos de millones de personas que no quieren retener, sino compartir. Algunos buscan los detalles de algo más amplio, otros lo que llaman “the big picture”, todo el panorama general (por eso también nos gustan tanto las fotos paisajísticas). Pero en definitiva lo que hoy busca alguien al hacer una foto es mostrar el mundo con sus ojos, ya sea la belleza o la fealdad, la simplicidad o la complejidad, ya sea algo externo o a uno mismo (y a veces también acompañantes) mediante un selfi. Porque ver es saber, y como decía Holmes a Watson, “usted ve pero no observa”. Queremos conocer a los demás a través de sus ojos. Contemplar un trocito de realidad que otros han decidido que vale la pena ver (y compartir). Aunque no nos solemos plantear qué grado de artificiosidad hay detrás. A mí, por el contrario, yendo más allá, me gusta imaginar qué pasaría si algún día la cámara es nuestro propio ojo y pudiéramos hacer fotos con un leve parpadeo…

 

 

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Jo tampoc tinc por, Barcelona

Con la tristeza y el estupor aún en el cuerpo por lo ocurrido estas últimos 24 horas en Catalunya, me sigue torturando en la cabeza una imagen que, sin haberla visto realmente, me causa auténtico pavor. Y no es esa que han publicado la mayoría de los medios de comunicación de España, llena de sangre, morbo y búsqueda desesperada de visitas y ventas, no (el clickbait no debería ser un vale-todo sensacionalista). Tampoco he llegado a ver, afortunadamente, las que han usado las televisiones para ilustrar la noticia. La imagen que no sale de mi mente es la de aquel, aquella o aquellos que, frente a una masacre sin sentido, con la sangre aún caliente sobre la acera, oyendo gritos de dolor y sufrimiento, sostiene su móvil y graba la dantesca acera para regocijo de parte del público que asiste al triste espectáculo porque solo quiere pan y circo en la vida.

Como bien dice mi amiga Berta Ballester, que desgraciadamente ha vivido desde demasiado cerca el atentado de ayer, lo que veía era puro Black Mirror: gente que, antes de atender y socorrer a las víctimas, graba o fotografía su sufrimiento para… a ver, para ¿exactamente qué? De verdad, no entiendo su intención. Me planteo, sacando a relucir mi pequeño trocito ‘kapuscinskiano’, que es algo de afán periodístico, pero incluso el más avezado de los periodistas auxiliaría primero y registraría después (bueno, también dependerá del periodista, claro). De verdad, que alguien me lo explique, porque no lo entiendo.

Creo que está más que clara la importancia de la imagen en nuestra iconosfera actual, y lo mejor de todo es ver, como suele ocurrir en cualquier buena comunidad virtual que se precie, como ante los troles que se encargan de difundir bulos y sembrar el desconcierto, o bien de estereotipar y así sembrar la cizaña y el odio (justo lo que pretenden los terroristas, que odiemos como ellos), la propia comunidad es la que, espontáneamente y de manera bien digna, expulsa esas imágenes usando contra-memes de gatitos así como acogiendo en sus negocios y hogares a la gente que corría despavorida sin saber qué hacer por las calles del centro barcelonés.

Sirvan estas palabras como homenaje a todos esos héroes que muestran nuestra mejor cara, la más reconocible, la más auténtica y real, la más extendida, muy a pesar de que existan (como seguirán existiendo) unos pocos indeseables que quieran que nos olvidemos de ello y pensemos lo contrario, que el mundo va a peor. Moltes gràcies a tots! Jo tampoc tinc por!

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Visualizando lo visual

Es la primera vez en la historia que nuestra mirada se ha democratizado y podemos dirigirla hacia lo que de verdad nos interesa

No es novedad que nuestro mundo es cada vez más visual. Síntoma del cambio de paradigma, y también consecuencia del progresivo aumento en el ancho de banda del flujo de información mundial, comunicamos a través de imágenes más que de palabras. La oralidad y la textualidad siguen teniendo importancia (leemos más que antes, escuchamos más radio y música que antes), pero, como animales que hemos heredado un fuerte componente visual, indispensable para nuestra primera supervivencia, estamos acostumbrados a expresar mucho más, a sugerir mucho más, mostrando una sola imagen. Ya lo dice el refrán “vale más una imagen que mil palabras”.

La ensalada de medios en la que nos movemos cada día, con diferentes nombres como transmedia o cross-media, es una reformulación del papel que tiene la comunicación en nuestra historia y nuestras vidas. Y nuestra mirada, la forma que tenemos de ver, observar y, en última instancia, compartir nuestra cosmovisión del mundo, se ha abierto como nunca antes. Ahora no solo vemos, sino que enseñamos lo que vemos y, así, construimos una nueva mirada colectiva, colaborativa, que pinta un fresco fotográfico y sociológico de quienes somos.

Nuestro ojo tiene el poder de visibilizar (e invisibilizar) aquello a lo que otorgamos importancia. El hecho de poder compartirlo da un paso más en esta construcción visual del estatus de la realidad. Intervenimos sobre la realidad al observarla, pero más aún al compartirla, al publicarla, al decir a los demás: ¡fijaos en esto! Y esto es toda una revolución. Antes, los poderosos eran los que dirigían nuestra mirada, como bien dice nuestro admirado Antonio Rodríguez de las Heras. Veíamos la realidad en los ojos de los poderosos, que observaban con interés determinados asuntos mientras miraban para otro lado en otros casos. Pero la mirada se ha democratizado ahora. Todos tenemos una herramienta disruptiva en el bolsillo que además de para comunicarnos auditiva o textualmente hace fotos. Ver algo, fotografiarlo y compartirlo lleva apenas unos segundos y es algo cada vez más común sobre todo porque no hace falta saber cómo funciona una cámara de fotos para hacer una foto bonita (ya están ahí los filtros y algoritmos para ayudarnos).

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Fuente: Wikipedia

 

Poco a poco iré mostrando aquí mi última investigación: una visualización de cómo vemos a través de Instagram en Granada. En MediaLab UGR estamos recopilando datos sobre las fotos que se publican en esta red social en esta ciudad como ensayo para estudios más amplios, pero estoy ansioso por conocer ya las claves de nuestro ojo granadino: ¿qué fotografiamos? ¿Qué compartimos? ¿Por qué? ¿Qué tipos de fotógrafos digitales hay en Granada? ¿Hay zonas más visibles que otras como la Alhambra? ¿Son realmente las más bonitas? Estas y otras preguntas quiero ir respondiendo a partir de ahora y a través de este blog, espero que por eso también más activo que antes.

¿Qué es el ‘visual thinking’?

Somos animales visuales: el 90% de toda la información que llega a nuestro cerebro es de tipo visual y procesamos las imágenes hasta 60.000 veces más rápido que cualquier texto. Afirman los estudios que retenemos un 10% de la información que oímos, un 20% de la que leemos pero hasta un 80% de la que vemos. Otro ejemplo: el 90% de todo el tráfico de internet son vídeos.

El ‘visual thinking’ o pensamiento visual es nuestra capacidad para descubrir, generar, desarrollar, manipular, relacionar y compartir ideas de un modo rápido e intuitivo. Y además, es algo completamente innato. Cuando somos niños, aprendemos antes a identificar y aprehender el mundo de manera visual que de manera verbal. Probablemente no recuerdes que los primeros regalos para tus seres cercanos eran dibujos que firmabas orgulloso con tu nombre. Esto es porque antes de inventar las palabras, habladas o escritas, nos comunicábamos principalmente a través de imágenes. Las primeras pinturas rupestres fueron el primer intento de comunicación entre humanos y a través de los tiempos, buscando también la trascendencia histórica. Narraban el día a día de aquellas primeras sociedades nómadas y cazadoras que comenzaban a asentarse en cuevas y buscaban enraizarse en un territorio como primer paso para desarrollar una civilización.

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Pinturas rupestres en la cueva de Chauvet (Francia)

 

Sin embargo, ahora estamos más acostumbrados a expresarnos a través del lenguaje. Los pensadores griegos fueron los primeros en separar emoción y razón y se centraron en el lenguaje como el vehículo principal para el pensamiento. Pero el lenguaje es algo no perceptivo, ni inmediato, sino que exige una reflexión apriorística. Por eso, el lenguaje es algo que habla en pasado, que nos habla de lo que ya se ha escuchado, visto o pensado, no parte de un contacto directo con la realidad. Aunque desconfiaban de los sentidos, consideraban la visión directa como la principal fuente de sabiduría, pero le daban más importancia al ejercicio posterior de abstracción (que también es innato) para alcanzar generalizaciones y construir así conocimiento. Por tanto, entendían que sin percepción no podía haber inteligencia. Como afirmaba Aristóteles “el alma jamás piensa sin una imagen”. Así, desde que nos convertimos en una cultura escrita, hemos desechado el poder de la percepción visual como parte fundamental para comprender nuestra inteligencia.

 

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‘La traición de las imágenes’, de René Magritte (1929).

 

Rudolf Arnheim afirmó en su obra fundacional “Visual Thinking”, de 1969, que “la visión es el medio primordial del pensamiento”. Pensar requiere y depende de las imágenes y por eso la percepción visual es imprescindible para la formación de conceptos mentales. Arnheim describió el pensamiento visual como un tipo de pensamiento metafórico e inconsciente, la unión de percepción y concepción que necesita la habilidad de ver formas visuales como imágenes (dibujos, símbolos, signos…). A grandes rasgos, es pensar conscientemente usando los mecanismos del procesamiento visual inconsciente del cerebro. Hay que comprender que ver es un proceso de selección activa sin el cual “la experiencia sería un completo caos” (William James) pero también un proceso de encontrar patrones de relación a través de una veintena de leyes que la gestalt descubrió y detalló.

Hay muchos métodos para desarrollar este pensamiento visual. Uno de los más conocidos es el creado por Dan Roam, un facilitador visual que ha pubicado varios libros sobre el tema. Él sintetiza el proceso de pensar visualmente en cuatro fases: mirar (recolectar información y seleccionarla, concentrándose en lo importante y desechando lo accesorio), ver (reconocer patrones, seleccionar lo interesante y agrupar la información escogida), imaginar (reorganizar la información vista para detectar la invisible, hacer surgir las nuevas ideas) y mostrar (sintetizar todo y clarificarlo con el marco visual adecuado). Pensar visualmente es un proceso que nos puede ayudar en múltiples facetas y para ello no es necesario saber dibujar. Entendido así, el ‘visual thinking’ es útil y aplicable actualmente a múltiples campos relacionados con la innovación, ya sea en el mundo empresarial, en el relacionado con procesos creativos o en procesos de formación, sin olvidar su aplicación para el desarrollo personal de la imaginación.

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Esquema conceptual sobre el proceso de ‘visual thinking’, de Dan Roam (2008).

El pensamiento visual comunica ideas, patrones y conceptos visualmente de manera minimalista a través de imágenes (dibujos, gráficos, esbozos, iconos…) de forma que pueda identificarse rápidamente la relación entre la idea y su representación. Esto significa aprovechar nuestra capacidad para descubrir ideas ocultas, desarrollarlas intuitivamente y compartirlas con otras personas. Desde este enfoque se facilita la resolución de problemas, la generación, desarrollo y comunicación de ideas y el desarrollo narrativo de cualquier historia. Dominar las técnicas del pensamiento visual no requiere ser dibujante, sino entender los mecanismos de la representación visual y poner en marcha este proceso que, sin ser lineal, se repite cíclicamente.

Así pues, el pensamiento visual o visual thinking recupera el lenguaje visual para comprender y explicar la realidad. Mientras leer texto supone un examen lógico y secuencial, dividido en partes, la lectura de imágenes requiere una aproximación al objeto de manera simultánea, holística, sintética e integral, más apropiado para el mundo actual. Tras una tradición racionalista del conocimiento que niega la emoción conectada a la percepción y que ha relegado las artes a un segundo lugar en los sistemas educativos occidentales, ha llegado el momento de construir un nuevo paradigma más visual, transmedia y complejo, afín a la nueva realidad que representa. Con la revolución digital y el nuevo soporte audiovisual que internet ha posibilitado, estamos volviendo a la imagen como herramienta de comunicación y forma de pensamiento y necesitamos aprender a leer críticamente las imágenes y alfabetizarnos visualmente. Para ello, tenemos que entender los mecanismos de la representación visual: nuestro cerebro reconstruye e interpreta las señales nerviosas que recibe desde nuestros ojos, por lo que se dice que no vemos con los ojos, sino con el cerebro.

En nuestras actuales sociedades digitales, en un mundo ‘infoxicado’ y saturado de imágenes que nos asaltan cada día desde múltiples pantallas, donde el aumento en la rapidez y la inmediatez en el consumo de información prima lo visual por encima de lo textual, es más necesario que nunca recuperar esta forma de pensar visualmente, pues en este paso de la tipografía a la infografía (y pasando por la fotografía) hemos perdido gran parte de esta capacidad, innata en la infancia, de pensar y comprender el mundo a través de imágenes antes que con palabras.

Por eso te propongo este taller sobre pensamiento visual, para aprender a usarlo para desarrollar la creatividad, la imaginación o la narrativa usando las herramientas digitales que tenemos a nuestro alcance. Pensar visualmente nos reconcilia con nuestra creatividad y nuestra imaginación y nos enseña a usarlas como herramientas para desarrollar ideas y resolver problemas de múltiples formas: desde el boceto en apariencia más simple, pasando por infografías y diseños más elaborados, hasta llegar a los nuevos formatos y narrativas audiovisuales que conforman el nuevo ecosistema transmedia.

#dataviz sobre #OEWUGR

Con motivo de la celebración de la Open Education Week, a escala mundial, la UGR organizó en Granada diversos actos en colaboración con el CEVUG, la OSL y MediaLab UGR. De ellos participé activamente en el celebrado el pasado 10 de marzo: las I Jornadas sobre Educación Abierta, que pude ayudar a organizar, así como participar con una ponencia propia sobre visualizaciones de datos.

Como ejemplo de este tipo de #dataviz, realicé una exploración visual de la red social que el hashtag usado con motivo de esa semana (#OEWUGR) ha posibilitado, con la participación, como se ve en la imagen, de diferentes grupos y entidades. Tienes a continuación la imagen estática, con la intensidad de flujos entre los participantes.

OEWUGR

Como esta imagen es .png no puede ampliarse mucho, aquí tienes la imagen en .svg para que puedas ampliarla todo lo que quieras. También he creado esta visualización interactiva para explorar y aislar cada elemento de la red a tu antojo.

Además, puedes consultar el ranking de tuiteros que han utilizado el mencionado hashtag en el siguiente enlace al Tableau público.