La era de la distracción

Demasiado tiempo sin escribir aquí (ni en ningún sitio). ¿Demasiadas distracciones? Pues la verdad es que no, más bien que sigo en la búsqueda de mi elemento, como diría Ken Robinson. Además, escribir es como hacer deporte. En cuanto lo dejas dos días, da cada vez más pereza ponerse de nuevo. Pero lo hago porque me gusta hacerlo y porque me siento mejor después de hacerlo (sigo hablando de escribir, ¿eh?).

Total, el caso es que las últimas semanas, además de un curso de orientación laboral (menuda paradoja: ¿cómo orientarse en un mundo que ha perdido sus polos magnéticos?) estoy leyendo mucho y muy variado, poca ficción por desgracia, pero poniéndome al día en literatura científica reciente para emprender mi nueva tesis. Uno de los libros en los que estoy enfrascado es el último trabajo del autor de best-sellers como el de “Inteligencia Emocional”: el conocido Daniel Goleman, “Focus”, más que un trabajo académico una lectura divulgativa sobre la pérdida de la atención y la concentración en la infoxicada sociedad actual.

Viene a decir que nos preocupamos demasiado en desarrollar un tipo de atención excesivamente breve y rápida preparada para la creciente necesidad de convertirnos en seres multitarea, polivalentes, acordes con la lógica de la rapidez y la instantaneidad de estas vidas líquidas que nos ha tocado vivir y estamos dejando de lado la práctica de la reflexión serena y sosegada tan características de tiempos “antiguos” donde no existían “distracciones” como los móviles ni internet.
El Roto: tan magistral como siempre.

Al leerlo recordé un experimento que realizó una profesora de arte de la Universidad de Harvard: invitó a sus alumnos a concentrarse durante tres horas en un solo cuadro, al igual que ella probó a hacer anteriormente. Los resultados dejaban pasmado. La percepción ante el cuadro cambia con el paso del tiempo y se alcanzan estados de concentración únicos que permiten observaciones impensables a primera vista.

Algún profesor universitario me comentaba la dificultad creciente que tenía para concentrarse en la lectura de un texto durante más de media hora. Necesitaba imperiosamente consultar el correo o el móvil para ver si algún otro asunto requería su atención, movido por una adicción constante a la actualización permanente y el salto a una nueva actividad cada cierto tiempo sin profundizar en ninguna concreta.

Si a esto le sumamos que cada vez descargamos más nuestra memoria en los dispositivos electrónicos que rodean nuestra cotidianeidad, aumentando nuestra dependencia sobre ellos, el futuro se plantea sombrío. La era de la inmediatez, de la rapidez, será también la de la instantaneidad sin reflexión, el pensamiento breve de 140 caracteres sin comentario ni debate posterior.

Deberíamos aprender a combinar el control de la concentración prolongada, pausada, el pensamiento lento, con la potencia de la dispersión multitarea, rápida, el pensamiento fugaz, el brainstorming, para crear un nuevo tipo de modo de pensar, dando un paso más hacia un nuevo tipo de individuo y de sociedad. Porque como decía el eslogan de Pirelli: la potencia sin control no sirve de nada.

La potencia sin control no sirve de nada: mítico eslogan de Pirelli.
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